lunes, 19 de mayo de 2008

LA DIMENSIÓN RELIGIOSA DEL HOMBRE



Los hombres esperan de las diversas religiones la respuesta a los grandes enigmas de la condición humana: ¿Qué es el hombre? ¿Cuál es el sentido y la finalidad de nuestra vida? ¿Qué es el bien y qué el pecado? ¿Cuál es el origen y la razón del sufrimiento? ¿Cuál es el camino para alcanzar la verdadera felicidad? ¿Qué es la muerte? ¿Cuál es el último misterio que envuelve nuestra existencia, del cual procedemos y hacia el cual nos dirigimos?


El fenómeno religioso es innegable. Los hombres han buscado siempre dar una respuesta a las preguntas sobre el sentido de la existencia, del dolor y de la muerte, a la espera de una realidad definitiva. Las interpretaciones que se han dado a este hecho son diferentes, pero el hecho en sí mismo se impone como un rasgo fundamental: la religión aparece desde los albores de la humanidad y perdura hasta el presente; se trata de una búsqueda incesante que está enraizada en la condición humana y que se manifiesta a través de múltiples creencias.

Todas las culturas antiguas han expresado esa inquietud religiosa como el reconocimiento de una dimensión sagrada que envuelve al ser humano pero que lo sobrepasa. Se trata de una dimensión interior pero, al mismo tiempo, universal. Incontables manifestaciones lo demuestran: sepulturas, pinturas rupestres, monumentos, mitos, ritos, plegarias, etc. Todos estos signos dan testimonio de múltiples creencias que convergen en las mismas preocupaciones: el origen del mundo y del ser humano, la existencia de poderes superiores, el sentido de lo sagrado, la vida después de la muerte…

Este hecho religioso, fundamental en la conformación de las más diversas culturas, puede apreciarse con la mayor claridad en las grandes civilizaciones del pasado: Mesopotamia, Egipto, Persia, Grecia, Roma, India, China…

La religión nos conduce a la esencia más profunda del ser humano, la cual tiene su fundamento en la trascendencia. La propia identidad del hombre, el sentido último de su existencia y de todo el universo sólo resulta comprensible partiendo de la idea de Dios y profundizando en la relación con Él. La presencia del fenómeno religioso no está limitado a cierto periodo histórico, vale para todas las épocas pues el hombre nunca es dueño absoluto de su vida y ésta, sin el auxilio de la religión, se presenta como algo absurdo.

La experiencia religiosa

El ser humano se manifiesta con la capacidad de interrogarse sobre la grandeza del universo para descubrir el significado que oculta, de cuestionar su relación con los demás en el tiempo y en el espacio de su realidad concreta, y de buscar el sentido de su propia existencia en marcha inevitable hacia la muerte para resolver la incógnita de lo que acontece después de ésta.

Ya se trate del antiguo Egipto, Mesopotamia, Grecia, Roma o el México prehispánico, todas las culturas muestran la existencia de un sistema de creencias y prácticas referidas a la experiencia religiosa del hombre, es decir, a su relación con el Misterio Sagrado. Lo Sagrado es un misterio que involucra al hombre en su totalidad y lo compromete. No es algo que se presente como un problema exterior a él, ni que se pueda medir y reducir a conceptos. Por el contrario, el Misterio Sagrado tiene que ver con el sentido definitivo de la vida humana, afectando la existencia del individuo en lo más profundo de su ser personal. Lo Sagrado es “la realidad totalmente otra”, en base a la cual reciben una nueva significación todas las cosas.

El hombre se encuentra “arrojado al mundo”; no tuvo libertad de escoger o rechazar su existencia, ésta le ha sido regalada. Nadie se da a sí mismo la vida; por sí mismo el hombre no es. De ahí que la pregunta fundamental radica donde el hombre descubre su yo y se le escapa, pues vive su vida amenazada de muerte, conoce mucho pero ignora mucho más, se propone y frecuentemente falla. Entonces toma conciencia de sus límites.

Tal conciencia de las propias limitaciones sólo es posible en la reflexión personal y frente al horizonte de lo infinito, cuando el hombre sabe que es pero no es el Ser sino una creatura, cuya existencia se fundamenta en el Absoluto del cual procede y al cual tiende. El Absoluto es el fundamento primordial en el que está enraizada la existencia humana.

En su vida, el hombre está abierto a las cosas, se encuentra con ellas y entre ellas. Por eso va hacia ellas, pero la relación del hombre con el Absoluto es diferente porque no es parte de nuestro ser ni una cosa en el mundo. No estamos con Él, sino en Él. De manera que “en Él vivimos, nos movemos y somos”. Si el hombre tiende hacia el Absoluto es porque antes procede de Él y es llevado por Él. Lo sepa o lo ignore, lo quiera o lo rechace, el hombre es tendencia al Absoluto que supera a todos los seres del universo y está más allá del ser del mundo.

El ser humano conoce las fuerzas de la materia y del espíritu, las perfecciones de las cosas y de los animales, las cualidades y virtudes de las personas, los valores de la sabiduría, la bondad y la belleza, sin embargo, ve que todas estas perfecciones se dan en los seres de manera limitada. Dicha conciencia del límite no puede provenir de las creaturas mismas, sino de la trascendencia del espíritu humano, que tiene una profunda vivencia primordial del Absoluto. Si el hombre estuviera encerrado en su propia finitud, no podría saber cosa alguna sobre lo que supera sus límites y, además, no podría ser consciente de su limitación. Una cosa es conocida como límite, como deficiencia, sólo en cuanto este límite y esta deficiencia han sido traspasados.

Manifestaciones de la experiencia religiosa

Toda experiencia religiosa, como aceptación del Misterio Sagrado que se revela en la conciencia de los propios límites frente a la realidad del Absoluto, tiene un carácter íntimo, personal, en cuanto que vincula al yo con la dimensión de lo divino pero, a la vez, la experiencia religiosa es un hecho socialmente compartido que reviste las características culturales de una sociedad determinada.

Las manifestaciones más comunes de la experiencia religiosa son el mito y la doctrina. El mito es una narración simbólica que expresa realidades de valor universal; es la respuesta a las preguntas fundamentales que un grupo humano se plantea sobre sus orígenes y su destino. Así, por ejemplo, en el mito cosmogónico de las antiguas culturas orientales se relata la aparición de todo lo existente como resultado de la lucha entre los dioses primordiales, es decir, las fuerzas antagónicas pero complementarias de la luz y de la oscuridad, del cosmos y el caos, de la vida y la muerte.

Por su parte, la doctrina es el conjunto de creencias que articulan el pensamiento religioso, regulan la vida personal y dan cauce armonioso a las acciones mediante el culto. Este último constituye la expresión formal o ritual de la experiencia religiosa, compartida por los integrantes de una comunidad de creyentes, lo que hace posible la unión espiritual.

Resulta incuestionable la universalidad de la experiencia religiosa como un factor esencial en la conformación de todas las culturas y todas las civilizaciones, desde los tiempos más remotos hasta el presente, si bien es cierto que puede hablarse de una depuración en cuanto a la manera de concebir lo sagrado y de aproximarse a esa realidad trascendente. Así, se ha evolucionado del animismo y el fetichismo primitivos, pasando por el chamanismo y el politeísmo, para llegar hasta el monoteísmo.

Animismo: es el estadio más primitivo de la experiencia religiosa, sustentado en la creencia de que todas las cosas están animadas por espíritus benéficos o malignos.
Fetichismo: veneración idolátrica por ciertos objetos (amuletos) a los que se considera habitados por espíritus protectores o vengadores, generalmente las almas de los antepasados.
Totemismo: sistema de creencias basado en elementos de la naturaleza, principalmente animales, que son representados en columnas de madera pintadas (tótems) a las que se venera como protectores de la tribu.
Chamanismo o Shamanismo: forma de religiosidad arcaica que gira alrededor del brujo o chamán, quien mediante hechizos y conjuros sirve de intermediario entre los dioses y el pueblo, asumiendo en estado de trance la condición de algunos animales o de espíritus que se manifiestan en él.
Magia: conjunto de rituales y creencias cuya finalidad es producir fenómenos extraordinarios, mediante la manipulación de las fuerzas ocultas de la naturaleza.
Politeísmo: creencia en la realidad de muchos dioses, asociados con los fenómenos de la naturaleza y, en una fase más evolucionada, concebidos de acuerdo con un orden jerárquico en el que hay un Dios supremo al que están subordinados todos los demás (henoteísmo).
Panteísmo: más que una religión es una doctrina filosófica, según la cual no hay diferencia entre la divinidad y todo lo existente porque Dios es el alma o el espíritu del universo.
Monoteísmo: doctrina fundamental compartida por todas las religiones que reconocen un solo y único Dios.
Deísmo: doctrina surgida en el siglo XVII pero desarrollada en el XVIII que se opone a las religiones reveladas y se propone como la religión “natural”, sin misterio alguno, cuya divinidad es una mera abstracción de las leyes que rigen el universo.

No es posible hacer una clasificación satisfactoria sobre las manifestaciones de la experiencia religiosa pues existen incontables variantes y combinaciones a lo largo de los siglos, sin perder de vista que, además, cada persona tiene su propia forma de vivir e interpretar dicha experiencia. En la actualidad, el predominio de actitudes individualistas propiciadas por una concepción exclusivamente materialista de la existencia, conforme a la cual todo es relativo y sólo importa “pasarla bien”, el ateísmo pragmático parece ganar terreno día con día, aun cuando no dejan de aparecer continuamente nuevas sectas y diversas formas de religiosidad cuyo denominador común es el sincretismo, es decir, una caprichosa mezcla de creencias donde tienen cabida los más dispares elementos, desde la brujería y los cultos satánicos hasta la tecnolatría y los contactos extraterrestres.

A diferencia del ateísmo “práctico” que simplemente consiste en vivir al margen de toda creencia trascendente, puede decirse que el ateísmo filosófico constituye en realidad una especie de “religión sin Dios”, ya que se sustenta en un acto de fe: creer que Dios no existe. Más acorde con el razonamiento científico, el agnosticismo se declara incompetente para afirmar o negar la existencia de Dios, posición válida en el campo de la ciencia pero que no responde a las cuestiones fundamentales.

Las grandes religiones

Conviene tener presente que muchas de las grandes religiones históricas han desaparecido junto con las culturas y las civilizaciones de las cuales formaron parte, por ejemplo, las religiones correspondientes al antiguo Egipto, Mesopotamia y Persia; en lo que hoy llamamos Europa, las religiones greco-romana, celta, germana, báltica y eslava; en la América prehispánica, las religiones tolteca, náhuatl, maya e inca, por sólo mencionar a las más representativas. Es verdad que algunas de ellas sobreviven, de modo marginal, en pequeños grupos, mientras que otras fueron asimiladas por tradiciones religiosas más poderosas o recientes, pero no puede negarse su irreversible decadencia o su ya definitiva extinción.

Por el contrario, las llamadas religiones tradicionales han persistido durante siglos, como es el caso del hinduísmo, el budismo, el sintoísmo, el judaísmo, el cristianismo y el islamismo. Más antiguas, las tres primeras son muy diferentes entre sí; no tanto las tres últimas pues comparten un mismo origen y son religiones reveladas, es decir, Dios se manifiesta a través de sus profetas y en la inspiración de la sagrada escritura (Torah, Evangelio y Corán, respectivamente).


Hinduísmo: religión oficial de la India, vinculada al sistema de castas, que tiene como base la tradición védica pero admite una gran pluralidad de dioses con sus respectivos cultos. Entre sus creencias principales se encuentran la reencarnación, el karma (ley universal de causa-efecto) y el dharma (ley interior).
Budismo: aunque surgió en la India con Siddhartha Gautama “el iluminado” (Buda), se propagó mayormente en el extremo Oriente. La esencia de la doctrina budista está contenida en las cuatro “verdades nobles” cuyo cumplimiento permite acceder al nirvana (anulación del yo, fusión con el alma universal).
Sintoísmo: es una religión politeísta, autóctona del Japón, centrada en los ritos purificatorios, una ética social de marcado acento nacionalista y el culto a los antepasados. En su conformación tuvieron gran influencia el taoísmo y el confucianismo.
Judaísmo: religión del pueblo hebreo que se concibe como “elegido” por el único Dios verdadero quien le revela a Moisés, su principal profeta, la Ley (Torah). De carácter profundamente monoteísta, el judaísmo sustenta su fe en una alianza exclusiva con Dios y aguarda la llegada del Mesías o Salvador que establecerá en forma definitiva su reinado.
Cristianismo: tiene su origen en la persona de Cristo, reconocido como el Mesías, Hijo de Dios, cuya muerte en la cruz y posterior resurrección hacen posible la redención del género humano. Su revelación está contenida esencialmente en el Evangelio que anuncia la salvación para todos los hombres.
Islamismo: religión contenida en el Corán, libro revelado al profeta Mahoma por el arcángel Gabriel. Monoteístas fervorosos, creyentes en Alá, los musulmanes tienen cuatro normas básicas: la oración cinco veces al día; el ayuno durante el mes del ramadán; la limosna y el pergrinaje a la Meca por lo menos una vez en la vida.

La desacralización del mundo moderno
Mientras que en el mundo antiguo el ámbito de lo sagrado abarcaba la existencia en su totalidad, ya que el hombre se consideraba una creatura más dentro de la creación divina, a partir del humanismo renacentista se pasó de una visión teocéntrica a una visión antropocéntrica, es decir, situó al hombre como centro y medida de todas las cosas, de tal manera que la religión fue perdiendo gradualmente su importancia como núcleo de la cultura y cimiento de la civilización. Proceso que tuvo su mayor impulso durante el siglo XVIII con la ideología racionalista de la Ilustración y la llamada revolución industrial cuyos avances técnicos trajeron consigo una transformación radical de la sociedad.

Al imponerse el progreso material y no ya el perfeccionamiento espiritual como el objetivo prioritario de la existencia, la religión no sólo pasó a un plano secundario sino que fue cuestionada por las nuevas corrientes de pensamiento, muchas de ellas hostiles a toda creencia en la realidad del espíritu.
Paralelamente, el vertiginoso desarrollo de la ciencia y la consolidación del sistema capitalista favorecieron en el siglo XIX el predominio del materialismo en sus más variadas manifestaciones.

Acorde con esta situación, la filosofía dominante de la época fue el Positivismo, iniciado por el filósofo francés Auguste Comte (1798-1857), quien considera la ciencia empírica o experimental como el único camino hacia la verdad, superadas las etapas mítica y metafísica que, según él, habían mantenido a la humanidad “inmersa en la ignorancia y la superstición”. Por su parte, el sociólogo alemán Karl Marx (1818-1883) sostiene que la religión proyecta al hombre fuera del mundo real para llevarlo a un mundo falso, de tal modo que la religión no es únicamente alienación del individuo sino también instrumento de los capitalistas para mantener oprimidos a los obreros. La religión es “el opio del pueblo”. En medio de todos estos ataques a la religión, el poeta y pensador alemán Friedrich Nietzsche (1844-1900) proclama la “muerte de Dios” como consecuencia del progreso y vislumbra el advenimiento del “superhombre” quien ya no estará sometido a los viejos valores de la moral judeo-cristiana, propia de cobardes y esclavos. Finalmente, el psiquiatra austríaco Sigmund Freud (1856-1939), introductor del método psicoanalítico, describe la religión como una “neurosis obsesiva”, producto de los deseos reprimidos.

Ante el rotundo fracaso de todas esas utopías que prometían la felicidad en el mundo mediante el progreso científico (Comte), la lucha de clases (Marx), la superhumanidad (Nietzsche) o la liberación sexual (Freud), las críticas a la religión fueron disminuyendo hacia finales del siglo XX, sin embargo, el proceso de desacralización emprendido —desde el siglo XVIII— dejó como legado para las nuevas generaciones la incredulidad y la indiferencia, posiblemente aún más perjudiciales puesto que tales actitudes no proponen ya solución alguna.

En la historia del mundo occidental, ciencia y religión son dos perspectivas estrechamente vinculadas pero casi siempre contrapuestas; se trata de dos formas distintas de acercarse a la verdad: la ciencia, desde la razón y la religión, desde la fe. Ambas intentan exponer coherentemente su visión del hombre y de la realidad que lo circunda. En el fondo, sus aspiraciones coinciden pues buscan dar una respuesta a las preguntas esenciales.