lunes, 19 de mayo de 2008

EL CULTO A LA VIRGEN MARÍA



El término griego proskynesis sólo se aplica en el Nuevo Testamento a Dios y a Jesucristo glorificado, término que corresponde al cultus latino y motivo de controversia pues los protestantes lo identifican con la latreia o adoración, reservada exclusivamente para la divinidad. De ahí que rechacen todo culto mariano como si fuese una manifestación idolátrica, sin embargo, la Iglesia ha distinguido muy claramente entre el culto de adoración que se rinde a Dios y el culto de veneración a la Virgen; al diferenciar el culto de latría y el culto de dulía, dedicados a Dios y la Virgen respectivamente, se disipa cualquier posible confusión en ese sentido.

También se ha querido ver en la figura de la Virgen María una simple reminiscencia de las antiguas diosas paganas, como la Gran Madre adorada en Creta, la Afrodita de Chipre, la Isis de los egipcios o la Kali de los hindúes, por sólo mencionar algunas de las divinidades femeninas que se encuentran en todas las religiones anteriores al cristianismo. Más aún, se ha dicho con insistencia que las “vírgenes negras veneradas en numerosos santuarios de la cristiandad son efigies druídicas, cuyo color negro representa la tierra, así como el verde de las túnicas que las cubren simboliza la vegetación.

Tales asociaciones iconográficas pueden aceptarse en ciertos casos, sin olvidar que dichas imágenes de probables diosas paganas no implican un culto de adoración pues, independientemente de sus orígenes, pasaron a convertirse en representaciones de la Santísima Virgen María, quien no es una diosa ni pierde jamás su condición de mujer, de creatura humana. Como tal, por ningún motivo debe considerarse una divinidad pero, a la vez, su importancia resulta excepcional porque Ella existe realmente, mientras que las diosas de la antigüedad permanecen en el ámbito de la imaginación.

La Virgen María no es una personificación de la “madre tierra”, como tampoco se trata de una mera antropomorfización del amor, el poder o la belleza sino de una realidad humana y una verdad trascendente, es decir, la encarnación misma de la pureza en el amor, de la bondad en el poder y de la humildad en la gloria. Tales diferencias son esenciales y, por lo tanto, insoslayables.

En el segundo Concilio de Nicea (787) quedó establecida la legitimidad de la veneración por las imágenes sagradas, en contraposición al movimiento iconoclasta, distinguiendo entre la proskynesis latréutica, reservada única y exclusivamente a Dios como culto de adoración y, por otro lado, la proskynesis honorífica, referente a la Virgen y los santos quienes sólo deben ser venerados. Ahora bien, dado que María es la Madre de Dios y, en consecuencia, una creatura privilegiada sin posible equivalente, está por encima de todos los santos e inclusive de los ángeles, lo cual supone en su caso una veneración especial o hiperdulía.

Con respecto a las imágenes sagradas, trátese de pinturas, efigies, esculturas y aun de las llamadas “reliquias”, ninguna de ellas merece culto de adoración, aunque cumplen la finalidad de servir como símbolos santificados y soportes sensibles para la vinculación de los creyentes con las realidades espirituales. Aunque frecuentemente pueda incurrirse en lamentables exageraciones, dicha circunstancia no invalida los grandes y muy superiores beneficios que aporta la iconografía sagrada pues hay más profundidad en la piedad popular y más sabiduría en las devociones tradicionales de lo que podrían imaginar sus detractores.

Cabe recordar que más vale aproximarse a Dios por medio de una imagen que no acercarse a Él en absoluto y, de igual modo, es mejor acordarse de la divinidad a través de un santo, de su imagen o de su reliquia, que suplir estos símbolos con abstracciones desprovistas de una verdadera significación trascendente y, a la postre, meras divagaciones. “Esto es lo que perdieron de vista los reformadores protestantes —puntualiza Frithjof Schuon—, que rechazaron reliquias e imágenes sin poderlas reemplazar por algún valor equivalente y sin sospechar siquiera que había algo que reemplazar, puesto que, al rechazar los soportes, rechazaron al mismo tiempo la santidad”.

Más particularmente, en las imágenes de la Santísima Virgen María se manifiesta el arquetipo del eterno femenino con sus diversas cualidades de virgen, madre, esposa, intercesora, benefactora y corredentora, superados los aspectos negativos del mismo arquetipo que sí permanecen ligados a las diosas de las religiones antiguas porque, a diferencia de ellas, la figura de María tiene como singularidad radical su condición estrictamente humana y su realidad histórica.

En estrecha relación con Dios que ha elevado su dignidad hasta las máximas alturas de su creación, María no es una divinidad femenina pero tampoco un personaje secundario o prescindible, ya que participa íntimamente del misterio supremo de la Santísima Trinidad: por obra del Espíritu Santo concibe al Hijo que nos reconcilia con el Padre. Así, como el ser más cercano a Dios, María intercede ante Él por todas sus criaturas y constituye para éstas el modelo de perfección a imitar.

El cristiano que ora ante una imagen de la Virgen evoca su propia alma pues hay un vínculo tan poderoso entre María y el alma que no es posible acercarse a una sin encontrarse con la otra. María pertenece a nuestra propia naturaleza y la veneración que le profesamos participa del amor hacia todas las criaturas y de la adoración sólo debida a Dios. Fuente de gracia para todo ser, el alma encuentra en Ella la pureza original de su esencia, al amparo de las amenazas del mundo y de la cual emana la verdadera sabiduría, germen de la vida interior que con Ella fructifica.

Un solo culto, muchas advocaciones

El culto mariano, propio de la cristiandad y especialmente característico del catolicismo, tiene un valor unánime y una dimensión universal con sólidos cimientos en las Sagradas Escrituras, el Magisterio de la Iglesia y la Tradición, pero sus manifestaciones revisten una enorme pluralidad bajo las más diversas advocaciones, de tal modo que la Virgen es venerada mediante miles de nombres e imágenes en otros tantos lugares y recintos sagrados o santuarios que se le han dedicado, muchas veces a partir de la iniciativa popular surgida con motivo de una aparición o de algún otro acontecimiento milagroso.

Las distintas representaciones y denominaciones que se le dan a la Virgen María suelen derivarse de las circunstancias geográficas y los rasgos culturales que confieren su fisonomía a grupos humanos bien determinados, aunque también existen devociones marianas tan profundamente arraigadas que son ellas mismas el principal factor de cohesión e identidad para todo un pueblo e inclusive para una nación entera. Esto último podría explicarse debido a que la fundación o integración de ciertas nacionalidades se llevó a cabo, de manera simultánea, con la implantación de la fe cristiana y, como su vía primordial, la devoción a la Virgen.

Con respecto a las muy numerosas mariofanías (manifestaciones de la Virgen) que se registran en la historia de las naciones iberoamericanas, cabe recordar que tanto el descubrimiento como la colonización del Nuevo Mundo fueron empresas realizadas bajo el “patronazgo” de la Virgen María, exaltada como la gran evangelizadora, la Madre misericordiosa por cuyo intermedio habrían de ser incorporados a la fe cristiana todos los habitantes del continente recién descubierto.

No por mera casualidad el 4 de agosto de 1492 Cristóbal Colón visitó el templo de Nuestra Señora de la Rábida, antes de emprender su aventura transoceánica en la que llevaría como carabela insignia la “Santa María”; de la misma manera que tampoco puede considerarse “anecdótico” el hecho de que Hernán Cortés entronizara la imagen de la Virgen de los Remedios en el templo mayor de Tenochtitlan en 1520, tras haber derribado la escultura de Huitzilopochtli.
Claro está que el fervor mariano comenzó a difundirse desde los primeros siglos del cristianismo y, desde entonces, no ha cesado de extenderse y fortalecerse por todo el orbe bajo muy diversas advocaciones, quizá mejor conocidas unas que otras pero igualmente representativas de una devoción cuya vitalidad ha logrado sobreponerse a las corrientes desacralizadotas de los últimos siglos.

Mencionar tan sólo las advocaciones de mayor relevancia exigiría un amplio espacio, así que basten unos cuantos ejemplos como la Virgen del Carmen: la Virgen del Pilar; la Virgen de Covadonga; Nuestra Señora de la Merced; Nuestra Señor del Perpetuo Socorro; Nuestra Señora del Rosario; María Auxiliadora; Nuestra Señor de la Estrada; la Virgen de Loreto; Nuestra Señora de los Angeles; Nuestra Señora de Guadalupe; la Virgen de la Caridad del Cobre; la Virgen de Luján; Nuestra Señora de Copacabana; Nuestra Señora de Czestohova; Nuestra Señora de Lourdes; Nuestra Señora de Fátima…

No es de extrañar que mucho hayan contribuido a fomentar el culto mariano numerosos y distinguidos santos, algunos de ellos fundadores de órdenes o congregaciones religiosas consagradas a la Virgen y que profesan especial veneración por alguna de sus advocaciones. San Bernardo, Santo Domingo de Guzmán, San Francisco de Asís, Santa Teresa de Jesús, San Antonio de Padua, Santa Catalina de Siena, San Francisco de Sales, San Alfonso María de Liguori, San Juan María Vianney (el cura de Ars), San Marcelino Champagnat, San Juan Bosco y San Luis María de Montfort ejemplifican de modo admirable, entre muchos más, ese amor entrañable por quien también es llamada, con toda justicia, Reina de todos los santos.

Cartujos, carmelitas, franciscanos, dominicos, agustinos, jesuitas, maristas, salesianos, redentoristas, claretianos y, prácticamente, la totalidad de las órdenes y congregaciones religiosas católicas, siempre han reservado un sitio de honor para la Virgen María, bajo cuya inspiración asumió una nueva vida Ignacio de Loyola durante su retiro en el monasterio de Montserrat, que le llevaría más tarde a fundar la Compañía de Jesús, así como Marcelino Champagnat consagró su Instituto de los Hermanos Maristas a la “Buena Madre” de Nuestra Señora de Fourviére, por sólo mencionar dos grandes vocaciones que nacieron a los pies de María.

Más tempranamente, entre los Padres de la Iglesia, San Ambrosio había perfilado con magistral elocuencia el fundamento de la devoción mariana: “Que en cada uno de nosotros esté el alma de María para glorificar al Señor, que en todos nosotros esté el espíritu de María para alegrarnos en Dios”. Y con los hermosos conceptos de San Juan María Vianney puede resumirse toda la mariología:

El Padre se complace viendo a María como la obra de arte de sus manos, del mismo modo que el artista ama su obra, sobre todo cuando está bien hecha; el Hijo la ve como al corazón de su Madre, como la fuente de la cual toma la sangre que nos ha redimido; el Espíritu Santo como a su templo. Las tres personas divinas contemplan a la Santa Virgen, Ella está sin mancha, adornada por todas las virtudes que la hacen tan bella y tan grata a la Santa Trinidad.

Apariciones

Indudablemente, muchas de las advocaciones marianas están vinculadas a ciertas experiencias o fenómenos de carácter místico que se han interpretado como apariciones de la Virgen, si bien es verdad que la Iglesia no las considera esenciales para la fe ni deben anteponerse, por consiguiente, a los dogmas que sobre María establece la doctrina católica. Dichas apariciones, aun en el caso de las ya reconocidas en forma “oficial”, pertenecen al ámbito de los mensajes privados que de ningún modo amplían, corrigen o sustituyen la revelación de Jesucristo, única y definitiva.

Las apariciones de la Virgen, al igual que las atribuidas a determinados santos, ángeles o inclusive al propio Jesús (se entiende que estas últimas posteriores a la época apostólica), merecen atención y respeto por parte de los creyentes cuando revisten, efectivamente, un carácter sagrado que confirma y fortalece el depósito tradicional de la revelación, otorgándoseles en consecuencia una adhesión de fe humana y el culto devocional acorde con las enseñanzas de la Iglesia, pero no hay obligación “dogmática” de creer en ellas y puede mantenerse una reserva crítica frente a las mismas.

A fin de evitar posiciones extremas que van desde un fanatismo delirante hasta un racionalismo obtuso, cada aparición debe ser estudiada por separado en sus muy particulares circunstancias y bajo la doble perspectiva del conocimiento científico y la reflexión teológica, sin olvidar que todo fenómeno implica correlativamente, en diversos grados, un aspecto objetivo y otro subjetivo.

Tan simplista sería concluir que todas las apariciones de la Virgen son forzosamente subjetivas, producto de la imaginación o meras alucinaciones, como juzgarlas objetivas y auténticas sin excepción. Equidistante de un reduccionismo psicologista y de una mariolatría milagrera, la Iglesia advierte a sus fieles contra el rechazo sistemático de toda posible aparición sobrenatural y, al mismo tiempo, previene frente a la tendencia de banalizar las apariciones cual si fuesen cotidianas y comunes.

En el mundo contemporáneo y desde hace aproximadamente ciento cincuenta años, han proliferado los testimonios acerca de supuestas apariciones marianas, por lo general a niños y jóvenes de ambos sexos, según el esquema bien conocido de Lourdes y Fátima, al grado de propiciar concentraciones multitudinarias de peregrinos, como sucedió en la aldea ucraniana de Grouchevo en 1987, no obstante que por entonces aquella región estaba sometida al régimen comunista y ateo de la Unión Soviética. Casos similares se han dado en Medjugore (antigua Yugoslavia) y en El Escorial, España, sin que las autoridades eclesiásticas avalen o desmientan tales apariciones.

A juzgar por la tensión creciente de inseguridad y pérdida de valores religiosos que se vive, hay quienes consideran la sociedad actual como terreno fértil para toda clase de fenómenos alucinatorios, entre los cuales podrían incluirse numerosas “apariciones” de la Virgen, acaso como resultado de una ley de compensación psíquica que busca el equilibrio frente al escepticismo y la desacralización imperantes.

Por cuanto concierne a estas manifestaciones marianas de carácter “milagroso”, no puede ignorarse el hecho de que la Virgen María es una creatura humana, una mujer perceptible en su forma propia, sin embargo, el estado de los cuerpos gloriosos no corresponde al de nuestro espacio-tiempo, estado cuyas misteriosas características impidieron a los apóstoles un reconocimiento inmediato del mismo Jesús después de su resurrección. A ello debe añadirse que las mariofanías difieren en lo relativo a la indumentaria de la Virgen, su rostro, su edad, el color de sus ojos o de su piel, variantes de muy difícil interpretación.

Si se entiende por aparición la manifestación sensible de una realidad sobrenatural, la percepción de la misma habría de ser idéntica o muy similar para todas las personas presentes en el momento y en el lugar donde ocurre. Por el contrario, si se concibe la aparición como una visión, es decir, como una experiencia interior que se proyecta simbólicamente, las divergencias en los detalles pueden ser múltiples. Esta segunda posibilidad no implica, necesariamente, que tengan un origen alucinatorio ni mucho menos de naturaleza psicopática.

Hablar de proyecciones simbólicas no significa referirse a ilusiones o fantasías, dado que cualquier experiencia humana, por muy “objetiva” que sea, inevitablemente se reviste de una forma simbólica. Eso mismo que llamamos “realidad”, cual si fuese única y absoluta, es una interpretación y una reelaboración mental, sólo posible mediante símbolos. Así pues, la veracidad de una experiencia se determina en base a la aceptación o el rechazo de su interpretación, nunca por sí sola.

Ya desde el siglo XVIII, la Iglesia definió formalmente el estatuto de las apariciones, a través de un documento redactado por el Papa Benedicto XIV (Próspero Lambertini) donde se dice lo siguiente:

Damos a conocer que la autorización concedida por la Iglesia a una revelación privada no es más que el consentimiento concedido después de un atento examen, a fin de que esa revelación sea conocida para la edificación y el bien de los fieles. A estas revelaciones, aunque aprobadas por la Iglesia, no se les debe conceder un asentimiento de fe católica. Según las reglas de la prudencia, es preciso darles el asentimiento de la fe humana (assensus fidei humanae juxta prudentiae regulas), en cuanto semejantes revelaciones son probables y piadosamente creíbles. Por tanto, se les puede negar el propio asentimiento a dichas revelaciones (posse aliquem assensum non praestare) y no tomarlas en consideración, con tal que esto se haga con la oportuna reserva, por buenos motivos y sin sentimientos de desprecio.

Se le reprocha a la Iglesia su excesiva cautela para pronunciarse favorablemente con respecto a las apariciones marianas, pero apenas autoriza el culto de alguna surgen las acusaciones y las críticas en su contra por “alentar el fanatismo”, “promover las prácticas supersticiosas e idolátricas” o “aprovecharse de la ignorancia de la gente sencilla”. Ante semejantes recriminaciones, los pontífices romanos han sabido mantener una actitud de prudente mesura y ejercer su misión pastoral, orientadora, enfatizando que las apariciones no deben situarse en el mismo plano que la revelación de Jesucristo, recogida en las Sagradas Escrituras y transmitida por la Tradición de la Iglesia.

En la encíclica Pascendi, publicada el 8 de septiembre de 1907, el Papa Pío X (Giuseppe Sarto) recordaba a los católicos que la Iglesia no imponía obligación alguna de creer en las apariciones y sólo autorizaba la adhesión de fe humana, en contados casos, sin garantizar por ello una plena certeza sobre la verdad del hecho. A su vez, el Papa Juan XXIII (Angelo Giuseppe Roncalli), con motivo del centenario de las apariciones de Lourdes, el 18 de febrero de 1959, hacía hincapié en que los mensajes de las revelaciones privadas no añadían nuevas verdades sino que reafirmaban el depósito tradicional de la fe, con el claro propósito de fortalecer la conducta evangélica de los creyentes.

Supeditar la fe en Cristo y su Iglesia a una aparición o a una reliquia implicaría, de hecho, la negación de esa misma fe. Esta, en su sentido más puro y genuino, se define como la adhesión incondicional a ciertas verdades o realidades no evidentes ni comprobables pues, precisamente, se trata de una convicción sobre aquello que no se ve: “Dichosos los que sin ver creyeron” (Jn. 20,29).

Ciertamente hay apariciones de la Virgen que fortalecen la fe, acrecientan la esperanza y estimulan la caridad; tales frutos son su verdadero propósito y no supuestas revelaciones de última hora. Ya lo dijo San Pablo en su epístola a los gálatas (1,6-10):

Me maravillo de que tan pronto, abandonando al que os llamó en la gracia de Cristo, os hayáis pasado a otro evangelio. No es que haya otro; lo que hay es que algunos os turban y pretenden pervertir el evangelio de Cristo. Pero aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Os lo he dicho antes y ahora de nuevo os lo digo: Si alguno os predica otro evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema. ¿Busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿Acaso busco agradar a los hombres? Si aún buscase agradar a los hombres, no sería siervo de Cristo.

Para quien busque afianzar su devoción a la Virgen, conforme a la fe católica, he aquí el credo mariano:

Creo en la Virgen María, predestinada desde toda la eternidad por Dios para ser, en el tiempo y según la carne, la Madre de su Hijo, y para reparar por Él al género humano caído por la falta de nuestros primeros padres. Nueva Eva, Madre verdadera de los vivientes, Ella hará por nuestra salud lo que la primera mujer hizo para nuestra perdición. Inmaculada en su Concepción, Ella recibió desde el primer momento de su existencia una gracia inicial proporcionada a la suprema dignidad para la cual Dios la tenía destinada: la maternidad divina. Y correspondió a la gracia con tanta fidelidad, que el ángel pudo llamarla “llena de gracia, bendita entre todas las mujeres”.

Por medio de su voz, Juan Bautista fue santificado en el seno materno. Con Ella Jesús se manifiesta a los pastores y a los magos, y por su pedido obra el primer milagro en las bodas de Caná.

Creo que durante los treinta años de la vida oculta en la intimidad de Nazaret, entre el Niño Jesús y San José, su casto esposo, Ella creció sin cesar en gracia delante de Dios, por la imitación de las verdades de su divino Hijo, cuyas lecciones meditaba continuamente en su corazón. Asociada por el “Hágase” de la Anuciación y por su divina maternidad a la obra redentora del mundo, Ella, al pie de la cruz, unió su sacrificio al de su Hijo, mereciendo de esta manera llegar a ser la Madre de los elegidos y la mediadora de todas las gracias obtenidas por la muerte del Redentor.

Asociada al triunfo de la Resurrección y a la efusión del Espíritu Santo sobre los apóstoles, Ella fue la Madre de la Iglesia naciente.

Creo que Ella, elevada al cielo en cuerpo y alma, Reina de los cielos y de la tierra, Hija muy amada del Padre, Madre del Hijo de Dios hecho hombre, Esposa del Espíritu Santo, dulcifica maternal y maravillosamente el amor de Dios, la gloria y el honor de nuestra humanidad.

A Ella, en unión con su divino Hijo, amor, honra y gloria por los siglos de los siglos. Así sea.


(Misterios, símbolos y devociones. CUMDES, México, 2000, pp.109-119)

EL MILAGRO DE LA ORACIÓN



La doctrina de la Iglesia Católica ha sostenido siempre que la oración no tiene su origen en el alma, sino en el Espíritu Santo que habita en ella, de tal modo que la oración, incluso en su forma más breve y sencilla, es la participación del ser humano en la vida interior de la Santísima Trinidad. La oración es un milagro constante, accesible a todos, algo que Dios realiza en y a través del orante. Así pues, dado que es el mismo Dios eterno quien está presente en el alma humana, la oración constituye, por así decirlo, un “puente” entre lo finito y lo infinito, convicción compartida por todas las grandes tradiciones religiosas, cuyos santos y devotos integran un coro universal de oración.

El objetivo primordial de la invocación del Nombre Divino es el “recuerdo de Dios” y éste, en definitiva, es la conciencia de los Absoluto. Al invocar el Nombre Divino, se produce en el alma la experiencia de lo Sagrado que la ilumina, la fortalece y la transforma. La oración la inspira el Espíritu Santo en la profundidad de nuestro ser, de ahí que lo más importante al hacer oración consiste en disponer el corazón como una página en blanco, donde la Divina Sabiduría pueda escribir libremente sus mensajes.

Liberado de cualquier actitud egocéntrica, el orante podrá ofrecerse como un espacio abierto, un puro receptáculo para la operación del Espíritu, por consiguiente, la oración perfecta es un acto de adoración a Dios y de comunión con Él. Estrictamente hablando, no habría que pedir a Dios sino su contemplación, la Luz del Amor pues, como escribió el poeta Gibrán Jalil Gibrán, “no podemos pedirte algo porque Tú conoces nuestras necesidades antes de que florezcan en nosotros. Tú eres nuestra necesidad y, al darnos más de Ti mismo, te nos das todo.

Oración, comunicación, comunión
¿Cuál es el número telefónico de Dios? ¿Alguien lo sabe? Para comunicarse con Él no es necesario hacer una llamada de “larga distancia” sino, más bien, hacer una oración desde lo más profundo del alma. A diferencia de los humanos, el Todopoderoso siempre está disponible para recibir nuestras llamadas, jamás “suena ocupado” ni hay riesgo alguno de que no conteste. Siempre nos atiende, las veinticuatro horas de todos los días de nuestra vida.

Quienes lamentan hoy el “silencio de Dios” deberían preguntarse si no han marcado un “número equivocado”, lo cual suele ocurrir con muchísima frecuencia, sobre todo cuando el que llama tiene prisa…Por otro lado, las protestas airadas, los reclamos, las peticiones absurdas, las declaraciones quejumbrosas y autocompasivas no dejan escuchar su voz. En medio de tanto ruido como hay a nuestro alrededor, el verdadero problema no es el “silencio de Dios” sino el incesante parloteo de la humanidad o, peor aún, la sordera de hombres y mujeres, de cada uno de nosotros.

Se nos dice que vivimos actualmente la “era de la comunicación, en efecto, nunca antes hubo tal variedad de instrumentos para comunicarnos, sin embargo, cada día es mayor la incomunicación entre los seres humanos; nuestros época, con su maravillosos despliegue de recursos tecnológicos, parece ser una de las más confusas y caóticas de la historia. Esta aparente paradoja obedece a una circunstancia de la que todos, más o menos, estamos conscientes, aunque nadie quiere asumir su parte de responsabilidad en ella: el progreso material desprovisto de un simultáneo perfeccionamiento espiritual se convierte, de manera inevitable, en una ciega y vertiginosa carrera hacia el abismo de la autodestrucción.

Ciertamente, estamos tan saturados de información (por lo general inútil y muchas veces perjudicial) como faltos de verdadera comunicación. Millones de personas en cotidiano ejercicio espiritual que le permite al hombre ubicarse en su propio centro para acceder a un plano superior de la conciencia y, así, entablar comunicación directa con la Suprema Identidad (Dios, Yahvé, Alá, etc).

Tal parece que la mentalidad moderna concibe el acto de orar como algo tedioso e inútil (¿para qué sirve?); como una especie de balbuceo dirigido al vacío o, en el mejor de los casos, como un monólogo que hace las veces de reflexión “dramatizada” sobre los problemas y angustias personales. Según este criterio, orar constituye un hábito “supersticioso” propio de comunidades e individuos ignorantes, cuyas carencias de toda índole les lleva a buscar en la oración un “apoyo psicólogo” frente las dificultades de la vida.

Es verdad que hay quienes rezan sólo con los labios y quienes las plegarias a la manera de un “conjuro” para atraer la “buena suerte”; no faltan los que recurren a la oración con el único fin de conciliar el sueño, algo así como contar borregos; tampoco resulta extraño encontrarse con personas cuyas oraciones son meros formulismos y, por supuesto, abundan quienes solamente hacen oración en un caso de apuro, enfermedad, peligro, etc. Mas todas esas actitudes no restan un ápice al valor de la plegaria porque ésta, conviene recordarlo, no es un acto humano santificado sino un acto divino humanizado, un acto sobrenatural realizado por el Espíritu Santo. No es el hombre sino el Espíritu Santo el auténtico operador; el ser humano sólo es “colaborador”.

La oración constituye en sí misma un milagro, ya que nos permite trascender el tiempo y el espacio para incorporarnos a al comunión de los fieles –vivos y difuntos– ante la presencia de Dios. Mientras oramos no existen barreras ni limitaciones, accedemos a la dimensión de los sagrado donde todo recibe la luz inextinguible del Amor; luz que penetra nuestras almas y las hace partícipes de la Sabiduría por inspiración del Espíritu Santo que se nos revela como fuente de gracia en la palabra, Verbo de salvación y de vida: Cristo glorificado en medio de los ángeles y los santos, cuya voz nos habla desde lo más íntimo de nuestro ser y nos llama a ser uno con Él, cuerpo místico, Iglesia triunfante.

La oración es un milagro que siempre está a nuestro alcance y con ella se nos abren las puertas de la trascendencia: la comunicación directa con Dios. Ya no es un pobre individuo quien reza sino la Iglesia toda, cuyos miembros están en comunión (en unión común) con el cuerpo glorioso de Cristo, resucitado en cada uno y en todos.

Formas y fórmulas de oración
Como ya se dijo, la oración perfecta es aquella que hace posible contemplar la luz divina en un acto de adoración. El orante no pide otra cosa que la unión de su alma con Dios. Es la oración de los santos, la plegaria de cuantos han alcanzado un estado de conciencia superior: el éxtasis* (del griego ek: fuera y stasis: estado), mediante el cual un individuo “sale de sí mismo”, trasciende su individualidad, “muere sin morir”.

Resulta interesante conocer el testimonio de personas que, por sumador perfeccionamiento espiritual, han experimentado en la oración ese “arrebato” o “salida” de su propio ser. Claro está que dicha experiencia es inefable, no hay palabras para describirla, sin embargo, los místicos recurren al lenguaje poético como la única forma de expresión que permite, cuando menos, sugerirla. Tal es el caso de San Juan de la Cruz (1542-1591), considerado el místico por excelencia del catolicismo y uno de los más grandes poetas de todos los tiempos.

He aquí algunos versos donde el santo alude a esa experiencia:
Yo no supe dónde entraba,
Pero cuando allí me vi,
Sin saber dónde me estaba,
Grandes cosas entendí;
No diré lo que sentí,
Que me quedé no sabiendo,
Toda ciencia trascendiendo.

Para cuantos estamos muy lejos de la santidad, el éxtasis místico puede parecernos una “locura” e inclusive desalentar nuestro interés por la oración. Si no podemos elevarnos hasta el arrobamiento extático, la oración nos llevará al énstasis (del griego en: dentro y stasis: estado), es decir, la interiorización en las profundidades de nuestro ser. Hay quienes pretenden alcanzar el éxtasis sin pasar antes por la experiencia del énstasis, algo tan insensato como si alguien quisiera salir de su casa sin haber entrado en ella. La vía del misticismo está reservada para pocos, pues son contados los que perseveran en el largo y difícil camino del ascetismo (del griego ascesis: ejercicio, adiestramiento), no así la oración que sólo requiere de cierta disponibilidad y, claro está, de un acto de fe.

Las fórmulas para orar son incontables pero en cuanto a su intención primordial pueden resumirse en las siguientes: de adoración, de alabanza, de agradecimiento (el que ora no hace petición alguna, se complace en la exaltación de Dios); de contrición, de penitencia, de enmienda (el orante realiza un examen de conciencia, reconoce sus debilidades y se propone, con sinceridad, un cambio de vida); de súplica, de protección, de inspiración (el orante solicita ayuda para un problema específico, busca refugio en la misericordia divina, manifiesta su necesidad de luz); de intercesión, devocional, de ofrenda (el que ora se dirige a Dios por intermedio de la Virgen, de los santos, de los ángeles, rinde culto particular, hace algún tipo de promesa). Evidentemente, muchas veces se combinan y complementan varias de las fórmulas mencionadas.

De manera aún más simplificada, la oración tiene cuatro grandes vías o caminos: de adoración, de agradecimiento, de arrepentimiento, de súplica. Por lo general, nuestras oraciones siguen la última vía, son plegarias, ruegos, peticiones. Desgraciadamente, pocas veces hacemos otra clase de oración.

Por cuanto concierne a la forma de orar, sabemos que puede hacerse individual o colectivamente; en voz alta, con cantos, en ceremonias litúrgicas; silenciosamente, a través de la lectura, con la meditación, el estudio, el trabajo. Recuérdese que Ora et labora (Ora y trabaja) constituye la norma fundamenta de la vida monástica.

También se puede orar con las manos y con todo el cuerpo, procedimiento casi totalmente olvidado por los occidentales quienes, ignorando su propia tradición, suelen buscar tales técnicas en otras religiones, más atraídos por lo “exótico” de las mismas que por una verdadera inquietud espiritual. Cuando las palmas de las manos se juntan una con la otra, lo izquierdo del orante forma cadena con lo derecho, así, el cuerpo queda bien atado y, desde las puntas de los dedos vueltos hacia arriba, se eleva libremente una llama.

Santo Domingo de Guzmán (1170-1221), fundador de la Orden de Predicadores, llamados popularmente “dominicos”, estableció varias “posiciones” para la oración “corporal”: de inclinación, de postración, de genuflexión, de la cruz (con los brazos extendidos horizontalmente), de intercesión (con los brazos levantados verticalmente), de alabanza (con las manos levantadas a la altura de los hombros), de adoración (con las manos juntas a la altura del pecho), de reverencia (con las manos entrelazadas). Por otro lado, durante la celebración de la misa, el oficiante adopta diferentes posiciones conforme al ritual sagrado que ejemplifican la oración del cuerpo.

Sentido y valor de la oración
“Tal como es la persona –escribió Thomas Merton–, así ora”. Nos hacemos como somos, por el modo con que nos dirigimos a Dios. El hombre que nunca ora es aquel que ha tratado de huir de sí mismo porque ha huído de Dios”.

“Una plegaria mal dicha recae sobre quien la dice mal y atrae así la gracia en sentido inverso –advierte Lanza del Vasto– a tal punto que la fórmula hace daño cuando se esperaba de ella el bien. ¿Y no es éste el secreto de nuestros fracasos en el ámbito de la plegaria, ya que nos ha sido prometido que si pedimos se nos dará?”.

“Sólo obtenemos lo que merecemos; obtendríamos infinitamente más si deseáramos menos –señala Henry Miller–. Todo el secreto de la salvación radica en la conversión de la palabra en hecho, conversión que ha de realizar todo nuestro ser”.

San Francisco de Sales (1567-1622), Doctor de la Iglesia, describió analógicamente las distintas actitudes que se adoptan al hacer oración: “Hay quienes al orar, se parecen al avestruz: tienen alas pero no pueden volar. Otros se parecen a las gallinas: vuelan con dificultad, bajo y raras veces. Los hay, finalmente, que parecen a las águilas, palomas y golondrinas: vuelan mucho, alto, rápidas y alegres”.

Jesús nos enseña a orar
Y cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los ángulos de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ores, entra en tu habitación y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en los secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará. Y orando, no seáis habladores como los gentiles, que piensan ser escuchados por su mucho hablar. No os asemejéis, pues, a ellos, porque vuestro Padre conoce las cosas de que tenéis necesidad antes que se las pidáis. Así habéis de orar: Padre Nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre; venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo así en la tierra. El pan nuestro de cada día dánosle hoy, y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores, y nos pongas en tentación, mas líbranos del mal (Mt. 6, 5-13).

Francisco Castañeda Iturbide
(Misterios, símbolos y devociones. CUMDES, México, 2000, pp. 371-377)

SAN MARCELINO CHAMPAGNAT


Apuntes Biográficos

Abiertamente menospreciado, incomprendido e incluso calumniado en su época, Marcelino Champagnat sufrió también la más penosa y desalentadora prueba entre cuantas puede afrontar un hombre: la traición de quienes pasaban por ser amigos, compañeros de ruta. Tampoco faltarían los que intentaron, y casi lo consiguen, despojarlo de su obra, robarle los frutos obtenidos con el sacrificio de su propia vida. Si hubiese que señalar un solo aspecto para describir al fundador de los Hermanos Maristas, su sello distintivo sería el de una voluntad inquebrantable, no la voluntad de poder sino la voluntad de ser más para mejor servir.

La Familia
Nacido el 20 de mayo de 1789, en Marlhes, departamento de Loira (Francia), José Benito Marcelino fue el menor de nueve hijos, procreados por Juan Bautista Champagnat y María Teresa Chirat. Aunque dedicado a las tareas del campo y el comercio de ganado, su padre tenía una preparación poco habitual en aquellas apartadas regiones, circunstancia que le llevaría a desempeñar diferentes y sucesivos cargos públicos en la comuna de Marlhes, mereciendo el aprecio de sus paisanos por la actitud responsable y mesurada con la que siempre supo conducirse.

Ocho años después de iniciada la Revolución Francesa, Juan Bautista sería elegido Alcalde de Marlhes, lo cual implicaba poner en práctica las disposiciones frecuentemente arbitrarias de una política extremista con marcado acento anticlerical. Sin traicionar sus convicciones, más próximas a un liberalismo provinciano, aquel hombre justo procuró aplicar la ley pero se abstuvo de confundirla con el terror jacobino desatado en las grandes poblaciones. De ahí que, en algún momento de su larga gestión, fuese denunciado ante el Directorio como un “contrarrevolucionario”, acusación cifrada en el hecho de que permitiera el culto religioso entre los habitantes de la comarca bajo su autoridad.

Más grave aún podía considerarse el que hubiese dado asilo, en su propia casa, a una monja de ideas “refractarias” quien, por cierto, era nada menos que su hermana Luisa. A pesar de todo, el apoyo incondicional de sus paisanos impidió que llegasen a prosperar semejantes acusaciones.

Como la tía Luisa tomara a su cargo, en buena medida, la educación del pequeño Marcelino, no puede ignorarse la temprana y, por ellos, acaso decisiva influencia que tuvo esta mujer en el futuro santo. Sus biógrafos, casi de manera unánime por no decir uniforme, tienden a minimizar el hecho como si la sencillez de la monja o su condición de “refugiada” en el hogar del hermano liberal, fuesen argumentos válidos para negarle algún ascendiente de importancia sobre le niño cuando, a juzgar precisamente por las circunstancias mencionadas, todo induce a suponer lo contrario.

Al igual que sus ocho hermanos mayores, Marcelino pasó su niñez y adolescencia en un ambiente rural, vinculado con las tareas propias de la granja familiar: el cultivo de la tierra, la molienda de trigo, el pastoreo, la cría de corderos, el comercio de ganado, rudimentos de construcción, labores todas que aprendió con relativa facilidad y, según se sabe, no le desagradaban. ¿Cómo explicar entonces la repentina determinación de estudiar latín, con miras a ingresar en el seminario, no obstante su tardía educación escolar y las negativas impresiones que recibió del maestro Bartolomé Moine y del coadjutor Laurent?

Probablemente, la tía Luisa no fue capaz de lograr que su sobrino aprendiese a leer pero, sin duda, sembró en él una inclinación hacia la vida religiosa que, contra numerosos y nada despreciables obstáculos, Acabaría por convertirse no tan sólo en firme vocación sino en camino de santidad. Sí, es cierto que el párroco Alirot vaticinó la testarudez de Marcelino por no haber llorado cuando éste lo bautizara; también es verdad que nació bajo el signo de Tauro, cuyas cualidades características son la tenacidad y la fortaleza, pero sería muy aventurado derivar su disposición espiritual de tales rasgos, mismos que bien podrían haberse encauzado de modo muy diferente.

¿Cuál fue la circunstancia específica que no compartió Marcelino con el resto de sus hermanos, además, claro está, de haber sido el menor? La presencia cercana y constante de la tía Luisa, encariñada fervorosamente con el único Champagnat dispuesto a escucharla. De ningún modo quiere decirse con ellos que la monja “fabricara” al santo, ni siquiera que indujese su vocación sacerdotal, sin embargo, se le puede atribuir al menos el haber despertado, en la conciencia de un niño, otras aspiraciones, más allá de una apacible vida campesina. Y no es poco mérito.

Vocación o Destino
En julio de 1801, Napoleón Bonaparte firmó con la Santa Sede el concordato mediante el cual devolvía a Pío VII los estados pontificios que se le habían quitado a su antecesor. Así, una vez suprimida la política represiva y persecutoria fomentada por los líderes revolucionarios contra la Iglesia, ésta hubo de aplicar grandes esfuerzos para la reapertura de sus seminarios y el reclutamiento de jóvenes que desearan consagrarse a la vida sacerdotal, empresa realizada en toda Francia.

Con ese propósito y comisionado por el vicario Courbán, llegó hasta la pequeña población de Marlhes, en 1803, un profesor del Seminario Mayor de Lyon, el abate Linossier, en cuyo recorrido visitaría la granja de la familia Champagnat. Allí tuvo oportunidad de platicar con los hijos de Juan Bautista y María Teresa, excelentes muchachos pero ninguno de ellos interesado en el sacerdocio, salvo el más joven, Marcelino.

Dado que no se conocen los pormenores de la entrevista que sostuviera el abate con Marcelino, suele describirse la escena en términos tan vagos que sorprende la rotunda declaración de Linossier: “Hijo mío, tienes que estudiar latín y hacerte sacerdote”. Pero desconcierta aún más la disponibilidad del muchacho quien, hasta entonces, había demostrado con su habitual franqueza un completo rechazo por el estudio, a la vez que plena identificación con las tareas de la granja familiar, particularmente con la cría y venta de corderos.

Acontecimientos posteriores parecen confirmar que la “repentina” vocación de Marcelino sería desalentada, en reiteradas ocasiones, a causa de sus pobres aptitudes para el estudio, seguramente más notorias dado su considerable rezago escolar pues, a los diez años, no sabía leer ni mucho menos escribir. A propósito de ellos, reviste particular interés la opinión de su cuñado, Benito Arnaud, antiguo seminarista y luego maestro en Saint-Saveur quien, tras haberlo recibido en su escuela con el fin de darle cierta preparación antes de su ingreso al seminario, envió a los padres del muchacho esta inequívoca recomendación:

Vuestro hijo está empeñado en seguir los estudios, pero sería un error permitirle continuar. Carece de dotes para lograrlo. No está hecho para estudios tan largos.

¿Cabría suponer que tan desfavorable juicio del cuñado lo formulaba el antiguo seminarista y no el maestro? Tal vez. De cualquier modo, Marcelino, firme en su determinación de ingresar al seminario de Verriéres, empezó por ser el último de la clase con grandes dificultades para el aprendizaje de latín. En su lugar, cualquier otro habría claudicado; él no lo hizo e inclusive concibió la manera de obtener una mejor y más rápida asimilación de las lecciones, algo así como un ejercicio mental de concentración y memorización, aplicable a todas las asignaturas.

El ingenioso método que, según sus propias palabras, le permitió descubrir “el secreto del latín”, no pudo ser más provechoso pues conseguiría óptimos resultados al término de aquel primer curso y, desde entonces, a lo largo de los siete años restantes que permaneció en Verriéres. A ellos contribuyó también el estímulo de un pacto acordado con varios compañeros: “Finalizar los estudios en el seminario antes que derrotasen a Napoleón.
Señales de identidad
De aquella época se conocen descripciones fidedignas sobre el aspecto físico del joven estudiante: constitución atlética, casi un metro ochenta de estatura, cabello castaño, ojos cafés de singular brillo y fijeza en la mirada, nariz ligeramente aquilina. En cuanto concierne a su personalidad, los testimonios coinciden en resaltar un trato amable, actitud servicial, carácter impetuoso pero invariablemente controlado por una férrea voluntad, algo callado aunque nunca huraño y de natural buen ánimo.

Más que confianza en sí mismo, Marcelino Champagnat denotaba una profunda convicción en su trabajo de apostolado. Quines le conocieron de cerca, no pudieron sustraerse a esa energía vital que irradiaba toda su persona; jamás fue un hombre proclive a los grandes discursos ni gustaba de especular sobre sus proyectos, sin embargo, tenía el don de encontrar las palabras adecuadas en el momento preciso y daba la impresión de anticiparse a los acontecimientos, como si supiera de antemano cuándo y cómo habrían de ocurrir.

A mediados del mes de octubre de 1813, el ejército de Napoleón sufrió una grave derrota en Leipzig. Por entonces, Marcelino Champagnat en Verriéres y se preparaba para ingresar en el seminario mayor de Lyon, donde le aguardaban tres años de formación teológica, interrumpidos durante una breve temporada en 1814, con motivo del agotamiento físico y mental que le obligó a tomar un descanso en Rosey, bajo el cuidado de sus hermanos.

No está de más señalar que la ausencia de sus progenitores, fallecido el padre en 1804 y la madre en 1810, se hizo sentir más durante aquel forzado reposo en la casa familiar, tan llena de recuerdos entrañables. A fin de no dejarse arrastrar por la melancolía, contraria al espíritu combativo y esperanzado del subdiácono Champagnat, quien recibiera las órdenes menores el 6 de enero de 1814, fiesta de la Epifanía, desatendió las indicaciones médicas que le aconsejaban evitar cualquier clase de esfuerzo, entusiasmado con la idea de auxiliar a sus hermanos en las faenas de la granja, labor que vino a darle renovados bríos.

Una huella profunda
Llama poderosamente la atención el hecho de que apenas se sintió capacitado para predicar la palabra de Dios, Champagnat encauzaría su ministerio hacia la catequesis de los niños; preferencia manifiesta de regreso en su tierra, donde tuvo la iniciativa de reunir a los pequeños de las familias vecinas, impulsado por el afán de proporcionarles instrucción religiosa. Desde el primer momento, evidenció una admirable perspicacia pedagógica, echando mano de todos los recursos a su alcance para despertar el interés de los niños y facilitar, mediante amenas ejemplificaciones, la compresión de sus enseñanzas.

Bajo una mirada retrospectiva, se puede advertir cuán profunda huella dejaría en su memoria la ingrata experiencia del ámbito escolar, no sólo por un acceso tardío sino, especialmente, debido a la rudeza de los métodos disciplinarios aplicados y el nulo respeto, ya que no aprecio, por la dignidad humana de los alumnos. Cuando, a sus diez años, se rebeló de manera categórica contra el proceder de un maestro y no quiso volver a la escuela, ya había nacido en el alma de Marcelino esa inquietud que le llevaría, con el paso del tiempo, a forjar un nuevo estilo educativo.

Por otro lado, el desolador panorama de atraso e ignorancia que tuvo ante sí, ya recibida la sólida formación del seminario, añadió a su temprana inconformidad, un sentido evangélico y una dimensión superior que trascendían, por mucho, tanto las necesidades inmediatas de la catequesis como de la alfabetización en un determinado entorno. Semejante desafío no podía enfrentarse de una manera individualista ni circunstancial, demandaba un esfuerzo solidario y permanente que respondiera a las sucesivas generaciones.

Comprendía muy bien –al fin hombre de campo– , que las tareas de siembra y cosecha son dos etapas indispensables de un mismo proceso, cuya cíclica periodicidad estaba vinculada al paso de las estaciones y éstas, más o menos acusadas, más o menos puntuales, reflejaban el ritmo de la naturaleza, el curso de la propia vida. En forma análoga, la existencia de los seres humanos sobre la tierra, su paso fugaz pero maravilloso por este mundo –de camino hacia el otro–, requiere una siembra adecuada, un cultivo vigilante y amoroso que se desarrolle con hondas raíces, florezca en su crecimiento y rinda frutos abundantes.

Claro está, las desagradables impresiones no determinaron, por sí solas, su generosa dedicación a la enseñanza, ni su posterior proyecto de fundar un instituto de educadores; en su caso, la reacción lógica habría sido alejarse definitivamente de todo cuanto le recordara la escuela. Tal viene a ser la diferencia entre un hombre común y otro excepcional: el primero busca cicatrizar sus heridas, el segundo empeña la vida para evitar que otros resulten heridos.

Aquella manzana con la que, en cierta ocasión, Champagnat ejemplificó la redondez del planeta para hacerles ver a sus pequeños alumnos la extensa porción del mismo habitada por quienes desconocían a Jesucristo, también ha mantenido intacta, como la manzana del relato bíblico o la de Newton, la contundente actualidad de su simbolismo.



Muchas puertas por abrir
Ordenado sacerdote el 22 de julio de 1816, se le nombró coadjutor en la parroquia de La Valla, no sin antes refrendar su promesa de consagrarse a la Virgen María y constituir, bajo la advocación de ésta, una sociedad que se dedicara a la enseñanza de niños y jóvenes; proyecto de hermandad fraguado inicialmente con un grupo de compañeros en el seminario mayor de Lyon, entre quienes figuraban los teólogos Colin, Terrallion, Courveille y el propio Champagnat, suscrito luego por todos ellos en la primavera de 1815. A la sombra del santuario de Fourvière y con la presencia del reverendo Cholleton, los miembros de la naciente Sociedad de María sellaron su compromiso.

Mientras maduraba su pedagogía llegaba la oportunidad de poner en marcha los trabajos del magisterio, el coadjutor de La Valla quiso conocer a las casi dos mil personas que conformaban el ámbito parroquial. Con este fin, requirió la valiosa ayuda del sacristán quien, a lo largo de varias jornadas, habría de conducirlo por las agrestes inmediaciones del Pilat donde, enmarcado contrate con la belleza del paisaje, encaró la triste realidad de hombres y mujeres inmersos en la miseria, víctimas del abandono, la ignorancia y el alcoholismo.

Allí, uno más con esa humilde gente, Champagnat inició la silencio pero efectiva labor de servicio que, día con día, le permitió ganarse la confianza, el respeto y la estimación de todos. Ya fuese bajo la lluvia, con sol, en medio de violentas ventiscas, pro caminos fangosos o cubiertos de nieva, apenas transitables, el enjundioso sacerdote no dejaría de acudir al llamado de los enfermos, los ancianos, los moribundos. Muy pronto, gracias a su generosa y entusiasta dedicación, no sólo sería solicitado para los bautizos y la administración de otros sacramentos, sino también para servir de mediador en problemas familiares, conflictos vecinales, disputas de trabajo.

Tan rápida simpatía fue resultado de la enorme popularidad que obtuvo entre los niños pues, recién llegado a La Valla, una de sus primeras iniciativas consistió en organizar la catequesis, cada vez más concurrida no obstante la crudeza del invierno y las dificultades de acceso. Con su peculiar estilo de tratar a los pequeños, felices por saberse y sentirse apreciados, Marcelino alegraba los corazones y despertaba las conciencias en aquel olvidado pueblo del alto Loira. Quien así era capaz de cautivar a los chiquillos y de entusiasmar a los adolescentes, acabó por ganarse el afecto de los mayores.

Si algún resquicio de duda hubiese quedado en su ánimo, con respecto a la idea de fundar un instituto de hermanos dedicados a la enseñanza, dos hechos igualmente significativos vinieron a disipar cualquier posible incertidumbre. Uno de aquellos fue la reunión de varios niños, en pleno invierno y bajo la más completa oscuridad, a las puertas de la casa parroquial. Como el sacerdote los viera por mera casualidad, dado que aún faltaban varias horas para despuntar el alba, no pudo sino invitarlos a que entrasen y, ya resguardados del frío, averiguar los motivos de su insólita presencia. A medias palabras, todavía ateridos por la gélida temperatura, explicaron a un conmovido Champagnat que deseaban asistir a la catequesis.

¿Podía pedirse una más clara y patente demostración de cuánto necesitaban aquellos niños conocer a Jesús y a su Buena Madre? ¿Acaso no había muchos más, cientos, miles de pequeños en toda Francia a la espera de que alguien abriese para ellos las puertas de la evangelización? A partir de entonces, Marcelino se ocupó también de coordinar la asistencia de los niños a la catequesis, de tal suerte que los más grandes acompañaban a los más pequeños y no se dieran, en lo sucesivo, otros casos de “madrugadores” con riesgo de ver quebrantada su salud o inclusive de extraviarse por los desolados y escarpados caminos de la región.

Otra experiencia, mucho más dolorosa, que alentaría con urgencia la realización de sus planes educativos fue la de verse llamado repentinamente a la cabecera de Juan Bautista Montagne, un muchacho de 17 años quien agonizaba sin remedio. Con honda tristeza, Marcelino advirtió que el moribundo ignoraba las más elementales nociones de Dios; había vivido su corta existencia en el más completo abandono y la proximidad de la muerte le hallaba en el peor de los desamparos: sin la esperanza de la resurrección. Un par de horas en íntima y serena conversación hicieron posible que naciera la fe en el joven que moría.

Con la mayor sencillez
Por aquellos días, Champagnat organizó una modesta biblioteca en la casa parroquial, donde la gente pudiera cultivarse poco a poco con la lectura de buenos libros que, hasta entonces, habían sido inaccesibles para los habitantes de la comarca. Esta iniciativa quizá pudo verse, al principio, como una extravagancia del joven sacerdote pues predominaba el analfabetismo, empero dicha circunstancia fue su mayor aliciente, su principal motivación. No sólo tenía en mente celebrar los oficios religiosos y atender las necesidades elementales de sus feligreses – tareas imprescindibles a las que se entregó en alma y cuerpo–, también abrigaba el ferviente anhelo de abrir una escuela, de proporcionar instrucción complementaria de la catequesis.

Consciente, como muy pocos en su época, de que la fe y la cultura debían desarrollarse en forma simultánea con miras al justo equilibrio de la persona y su cabal realización, la pedagogía concebida por Marcelino Champagnat y el estilo educativo que derivó de la misma tuvieron, ya desde el primer momento, esa definida e irrenunciable orientación. De ahí, precisamente, la imperiosa necesidad de crear un instituto que formase maestros capacitados y convencidos para el satisfactorio cumplimiento de ambas exigencias: instruir y educar.

Por muy propicias que pudieran parecer las circunstancias (y estaban muy lejos de serlo); por mucho que se quiera subrayar la conveniencia de aquel proyecto (juzgado como insensato hasta la obcecación), y por más que surgieran entonces vocaciones afines (ganadas a pulso y cuentas gotas), resulta imposible negar el arrojo, la perseverancia y el genio de Champagnat para tomar decisiones, superar los obstáculos y transformar la realidad.

Merced a esa energía incontenible y contagiosa, cuyo sustento era una confianza absoluta en la Providencia, el padre Champagnat atrajo a sus primeros discípulos: Juan María Granjón, un muchacho iletrado que acudió a la parroquia en busca de asistencia sacerdotal para su abuelo enfermo, y Juan Bautista Audrás, quien había intentado unirse a los Hermanos de las Escuelas Cristianas pero no lo consiguió por ser “demasiado” joven.

De inmediato comenzó la intensa preparación de los aspirantes quienes, sobre la marcha, sumaron sus esfuerzos a los del sacerdote para reconstruir y acondicionar una ruinosa vivienda con pajar y un pequeño huerto, aledaña al rectorado de La Valla, cuya adquisición fue posible mediante el préstamo de 1600 francos.

Una vez concluida la fatigosa labor de reparación que abarcó tejados, techumbres, muro y suelo, Marcelino tuvo un gesto que hacía patente su esperanza en el venturoso porvenir de la institución; sirviéndose de una gruesa tabla, bien cortada, grabó a fuego en ella estas palabras: Instituto de los Hermanitos de María, letrero que colocó sobre el dintel de la puerta donde todos pudieran verlo. Así, con la mayor sencillez, nació la primera escuela marista el 2 de enero de 1817.

¡Cuántas veces se repetiría, desde aquella memorable fecha, una escena similar! Y cuántas otras veces, también, se juzgaría como “imprudente” por no decir “ridícula” la ejecución de un proyecto que, a falta de recursos humanos y materiales, parecía destinado al más rotundo fracaso. Aunque razonables, los sombríos pronósticos fallaron y volvieron a fallar pues, en sus cálculos, no consideraban el denodado trabajo comunitario de los Hermanos ni la especial veneración de éstos por María, cuyo nombre adoptara el fundador en prueba de filial confianza.

La inspiración
Pueden discutirse tales o cuales características personales del santo, son bienvenidas todas las aportaciones a favor de su Congregación, no hay impedimento alguno para hacer las modificaciones que los nuevos tiempos exijan, pero nada justificaría el abandono de la devoción a la Virgen: fuente inagotable de bendiciones, núcleo de la vida fraterna, inspiración del quehacer educativo y, como bien lo hizo notar Marcelino Champagnat, recurso ordinario sin el cual los Maristas dejarían de serlo.

¡Cuántas veces se repetiría, desde aquella memorable fecha, una escena similar! Y cuántas otras veces, también, se juzgaría como “imprudente” por no decir “ridícula” la ejecución de un proyecto que, a falta de recursos humanos y materiales, parecía destinado al más rotundo fracaso. Aunque razonables, los sombríos pronósticos fallaron y volvieron a fallar pues, en sus cálculos, no consideraban el denodado trabajo comunitario de los Hermanos ni la especial veneración de éstos por María, cuyo nombre adoptara el fundador en prueba de filial confianza.

La inspiración
Pueden discutirse tales o cuales características personales del santo, son bienvenidas todas las aportaciones a favor de su Congregación, no hay impedimento alguno para hacer las modificaciones que los nuevos tiempos exijan, pero nada justificaría el abandono de la devoción a la Virgen: fuente inagotable de bendiciones, núcleo de la vida fraterna, inspiración del quehacer educativo y, como bien lo hizo notar Marcelino Champagnat, recurso ordinario sin el cual los Maristas dejarían de serlo.

Al consagrar tanto la fundación como el desarrollo del Instituto a su Buena Madre, le dirigió estas palabras que son plegaria y paradigma:

Es tu obra, Tú nos has reunido, no obstante la oposición del mundo, a fin de procurar la gloria de tu divino Hijo. Si nos niegas tu ayuda, pereceremos; nos extinguiremos cual una lámpara sin aceite. Pero si perece, no es nuestra obra la que se pierde sino la tuya, porque Tú has hecho todo entre nosotros. Contamos, pues, contigo, con tu ayuda poderosa; en ella confiaremos siempre.

Asimismo, cabe recordar aquí la emocionada exhortación a los Hermanos cuyo eco resuena hoy como entonces y que es preciso grabar a fuego en todos los corazones:

No os preocupéis por las amenazas y contradicciones del mundo, ni temáis lo más mínimo por vuestro porvenir. María, nuestra Buena Madre, modelo y excelsa Señora, nos ha congregado en torno suyo y no consentirá que nos extraviemos. Con más fidelidad, sigamos honrándola, manifestando que somos verdaderos hijos suyos, imitando sus virtudes. No temamos acudir a Ella demasiado a menudo, pues su bondad y poder no tiene límites, y el tesoro de sus dádivas es inagotable. Redoblemos nuestra confianza en Ella. Recordemos que es nuestro recurso ordinario. Amemos a María, amémosla mucho, amémosla intensamente.

El estilo
En poco tiempo, menos de un año, a los dos primeros discípulos se añadieron cuatro más: Antonio Couturier, Lorenzo Audrás (hermano mayor de Juan Bautista), Bartolomé Badard y Gabriel Rivat. Éste último había sido uno de los pequeños que acudieron al catecismo del padre Champagnat y –¡quién lo diría!–, llegó a ser el primer Superior General del Instituto (con el nombre de Francisco), elegido por votación el 12 de octubre de 1839.

Las directrices de la pedagogía marista, tal como las estableciera el fundador de la institución, fueron bien asimiladas por aquel grupo de jóvenes “instructores”, cuya sencillez, disciplina y jovialidad ganaron rápidas simpatías. Un temprano reconocimiento de sus cualidades provino del señor Alcalde de Saint-Aveur, José Antonio Colom de Gast, ajeno al ámbito de la Iglesia y nada sospechoso de parcialidad. En una carta a su colega de Bourg-Argental, el señor Pleyné, trazó el perfil de los Hermanos Maristas con singular acierto:

Estos profesores conocen perfectamente su oficio y se dedican a él con una entrega total. Me agrada su estilo porque no se limitan a la enseñanza de la lectura, la escritura o la aritmética, también educan a los muchachos en las virtudes cívicas y morales.

Con tan escuetos comentarios no podía darse una mejor descripción de los objetivos que se propuso Marcelino Champagnat ni hacer un mayor elogio del trabajo realizado por sus discípulos. La callada labor iniciada por este joven sacerdote de La Valla empezaba a rendir sus frutos, a pesar de las dudas de varios párrocos y las críticas, no siempre constructivas, de algún eclesiástico. Es cierto, todavía quedaba un camino muy largo y difícil de recorrer, pero ya se habían colocado los firmes cimientos sobre los que habría de levantarse el gran edificio de la educación marista.

Voces contradictorias
Paso a paso, nuevas escuelas fueron surgiendo en diferentes pueblos y aldeas, comunidades de esperanza donde se compartía la fe y predominaba el espíritu fraterno. Mas las dificultades no escasearon pues, como suele ocurrir, los notorios avances logrados despertarían envidias y ambiciones, hipócritamente disimuladas tras ofrecimientos que pretendían pasar por juicios “objetivos”. Así, el párroco Alirot, viejo amigo de la familia Champagnat y quien bautizara a Marcelino, dijo de éste: “Es un hombre falto de experiencia, sin capacidad ni dotes intelectuales”.

Peor aún fue la actitud del vicario Bochard, empeñado en que se fusionara el Instituto con la organización encabezada por el señor Grizard, a pesar de que dicho sujeto se había ganado al expulsión de las filas lasallistas y luego, también, de la propia comunidad marista. Al rechazar tan descabellada sugerencia, Marcelino fue acusado de “testarudez”, “orgullo” y “vanidad”. No menos duras e injustificadas serían las recriminaciones que le hizo el arcipreste Dervieux al fundador: “¿Cómo se atreve a proseguir semejante empresa? ¿No se da cuenta de que está totalmente cegado por la soberbia?”.

En apoyo del trabajo que realizaba Champagnat se dejaron oír otras voces, especialmente la del reverendo Gardatte y la de monseñor Gastón de Pins, arzobispo titular de Amasia y, más tarde, administrador apostólico de la diócesis de Lyon, cuyas palabras de aliento resultarían proféticas: “¡Ojalá Dios multiplique su modesta familia y llegue a cubrir no sólo mi diócesis sino toda Francia!”.

Pero el mejor testimonio de reconocimiento de Marcelino Champagnat y de su obra, no fue la elogiosa argumentación que formulase tal o cual personaje, no estaba ni ha estado nunca en las palabras sino esa modesta familia por él fundada, en cada uno de sus miembros. Efectivamente, son ellos quienes han mostrado ante los ojos del mundo el verdadero rostro del santo, quienes hicieron visible ayer su fiel retrato y quienes hoy deben hacerlo reconocible.

De camino a la montaña
Un pasaje bien conocido en la vida de Champagnat, que refieren casi todos sus biógrafos, es aquél donde el fundador y uno de sus primeros discípulos, Lorenzo Audrás, sostienen reveladora conversación mientras se dirigen al Bessar para visitar a un enfermo. Como ese trayecto por las faldas de la montaña era el itinerario semanal del hermano Lorenzo, quien todos los domingos debía ascender hasta dicha aldea, muy de madrugada, para no descender a La Valla sino hasta el jueves, Champagnat quiso manifestarle que apreciaba mucho su esfuerzo pues debía implicar un gran sacrificio tan largo y penoso recorrido.

Lejos de quejarse o, cuando menos, de formular algún señalamiento razonable sobre las dificultades del camino, Lorenzo, sin darle mucha importancia al asunto, hizo tres admirables comentarios: “Estoy absolutamente convencido de que alguien cuenta todos mis pasos”. “Nunca me he sentido desdichado”. “No cambiaría mi oficio de instructor y catequista por todos los bienes del mundo”.

Emocionado en lo más hondo de su alma, luego de haber escuchado las apreciaciones de aquel joven, Marcelino tomó la resolución de incorporarse plena y definitivamente a la pequeña comunidad de los hermanos, es decir, dejar la casa parroquial de La Valla para dedicarse, de tiempo completo y por el resto de su vida, al Instituto que había fundado. Aunque no lo digan sus biografías, fue el ejemplo de un discípulo la motivación final que impulsó al maestro. Allí, muy cerca de la cima del Pilat, acabó de nacer la Congregación de los Hermanos Maristas.

Vientos adversos
Hacia comienzos del verano de 1825, cuando eran cuarenta y ocho los miembros del Instituto, quedó terminada en su mayor parte la construcción de Nuestra Señora del Hermitage; casa “matriz” de los hermanos que éstos edificaron, piedra por piedra, con Marcelino a la cabeza de los trabajos. Ubicado en el terreno en un valle frondoso donde abundaban los árboles frutales y provisto el inmueble con espacio para 150 residentes, no tardaron en hacerse oír los objeciones burlonas de quienes, como el reverendo Cattet, consideraban la obra un “despilfarro” y su futuro una “ruina”. Nuevamente fallaron los negros augurios, dado que sólo transcurridos ocho años, o sea, en 1833, ya eran cien hermanos, veinte las escuelas y dos mil sus alumnos.

Inaugurada oficialmente el 15 de agosto de 1825, fiesta de la Asunción de María, bendijo la casa el arcipreste de Saint Chamond, Mosén Dervieux, el mismo hombre que poco tiempo atrás acusara de soberbia a Champagnat y estuviese muy cerca de ordenar el cierre de La Valla.

¿Cuál era el secreto de Marcelino? No había tal secreto. ¿Por qué germinan las simientes? ¿Por qué maduran las cosechas? ¡Un milagro! Sí, el milagro de la vida. Ser como levadura en la masa, sal de la tierra, luz del mundo; el milagro de la santidad consiste en darle un nuevo sabor a la existencia, para que todos descubran el gusto de lo eterno en el vivir cotidiano. Con otras palabras –quizá menos poéticas pero no menos inciertas– trabajo constante, esfuerzo tenaz y el “buen combate” del que hablara otro genial empecinado, Pablo de Tarso, para quien la vida es “milicia”.

¡Y con cuántas adversidades habría de luchar Marcelino! No bien lograba abrir una puerta y ya se le cerraba otra. Intempestivamente, apenas inaugurada nuestra Señora del Hermitage, apareció Courveille, antiguo compañero en el Seminario de Lyon, dispuesto a convertirse en Superior General del Instituto porque, según él, suya era la idea de fundar la Sociedad de María y suya el derecho de presidirla. Y no escatimó oportunidades para intrigar entre los hermanos, difundir maliciosos rumores, valerse de influencias y, por supuesto, invocar los “sagrados” principios democráticos.

Más de una vez, Champagnat accedió de buen grado a efectuar una votación con el fin de que los miembros del Instituto eligieran Superior General. Los resultados siempre favorecieron al legítimo fundador. Más de una vez, Courveille aprovechó la ausencia de aquél para reunir a los hermanos y autonombrarse máxima autoridad, sin ganar con ellos un ápice de prestigio ni mucho menos de sincero aprecio. Mientras tanto, extenuado por el trabajo y las preocupaciones, Marcelino enfermó gravemente, eventualidad que el abate acarició como “regalo del cielo”, seguro ya de su inevitable fallecimiento.

Informaciones alagartes acerca de grandes deudas que pesaban sobre la precaria economía del Instituto, así como la prolongada enfermedad de su fundador, hicieron que el abate Courveille convocase de urgencia a los hermanos. Sin rodeos, sabiéndose incapaz de asumir la dirección que tanto ambicionara, declaró entonces su absoluto desinterés por el destino de la obra marista y, temeroso de una quiebra estrepitosa, se deslindó de cualquier responsabilidad, aconsejando a sus azorados oyentes que tomasen las debidas precauciones pues el Superior General ya estaba a punto de morir.

Claudio Farol, uno de los hermanos ahí reunidos, acudió presuroso hasta la habitación del padre Champagnat para comunicarle que el abate Courveille acababa de anunciar su inminente deceso y el fin del Instituto. Fortalecido por la necesidad de hacerse presente en medio de aquella absurda confusión, se levantó de su lecho con la ayuda de Farol y apareció de improviso, ante el asombro de todos, para decir con su habitual serenidad: “Ya véis que no he muerto todavía”.

La última puerta
Algún tiempo después, las aguas volvieron a su cauce: Marcelino Champagnat recobró la salud; las deudas económicas fueron solventadas en su totalidad, para lo cual contribuyó generosamente el reverendo Dervieux, ya convertido en franco admirador de los Hermanos Maristas y, como no podía ser de otra manera, el abate Courveille abandonó la casa del Hermitage junto con sus ambiciones.

Pero amainada la borrasca interior, sobrevino afuera una nueva tempestad: la Revolución de 1830, acompañada de todos los excesos comunes a esa violencia callejera que busca hacer “justicia” mediante la multiplicación de los atropellos, sin privarse de la consabida hostilidad hacia la Iglesia y sus representantes. La recomendación de Champagnat a los hermanos fue muy simple:

No se ocupen para nada de la política…Redoblen el celo en la educación y acuérdense de que María es nuestra Madre y defensora.

Por aquellos días tuvo lugar el episodio, tantas veces recordado en las diversas biografías del santo pero siempre aleccionador, cuando irrumpió un pelotón armado en la casa del Hermitage para cerciorarse de que no se ocultaban allí armas ni un cierto marqués, pues habían surgido sospechas de “complicidad contrarrevolucionaria” que implicaban al Instituto de los Hermanos Maristas. Enterado el padre Champagnat de sus propósitos, no vaciló un segundo en invitarlos a registrar el rincón del edificio, sirviéndoles de guía durante su minucioso recorrido. Casi terminado el mismo, llegaron hasta una habitación cuya puerta se encontraba cerrada con llave y ésta perdida; en tales circunstancias, el jefe del pelotón consideró haber visto ya lo suficiente como para marcharse tranquilos, sin embargo, Marcelino replicó que si no averiguaban lo que había en aquel aposento, persistiría la duda. Solicitó entonces un hacha y, para sorpresa de propios y extraños, derribó a golpes la puerta. Ni armas ni marqués, sólo un pobre jergón, una mesita de noche y una silla de paja.

La solución no fue tan fácil en otras ocasiones, particularmente cuando hubo que obtener la autorización oficial del Gobierno y la Corte para “legalizar” las actividades del Instituto. Mezcladas la burocracia y la política, “todo son dilaciones y problemas” como llegó a decir Champagnat tras medio año de trámites, entrevistas, recomendaciones y viajes a París. En 1838, cumplida una serie de requisitos que más parecía una carrera de obstáculos, el señor Salvandy, Ministro de Instrucción Pública, puso una última condición: restringir el establecimiento de las escuelas maristas a las poblaciones que no excedieran de 1800 habitantes. La respuesta del fundador era previsible:

Limitar nuestra actividad educativa con una cláusula de semejante naturaleza es lo mismo que anularla y matarla… Necesitamos fundar centros escolares en poblaciones grandes.

Champagnat comprendió que su muerte llegaría antes de conseguir la autorización oficial para el Instituto, lo cual no impidió el vigoroso e ininterrumpido desarrollo de éste. Joven aún, pues acababa de cumplir 51 años de edad, aunque deteriorada su fortaleza física por un trabajo abrumador e incesante, Marcelino Champagnat falleció el sábado 6 de junio de 1840. Ese día, se abrió para él una última puerta, no ya bajo el golpe del hacha sino por la obra de la “Patrona”, la Buena Madre, justamente llamada “Puerta del Cielo” (Ianua Coeli), ya que a través de Ella se hace posible el encuentro con Jesús.

Un solo corazón y un mismo espíritu
Al momento de s partida, el Instituto de los Hermanos Maristas contaba con 280 miembros, 48 escuelas en territorio francés y una misión de avanzada en Oceanía. Actualmente, la presencia marista abarca los cinco continentes y sus escuelas existen en más de 70 países, respondiendo así a la consigna del fundador: “Todas las diócesis del mundo entran en nuestros planes”. Cierto, las cifras suelen ser engañosas y el verdadero balance lo aporta otra clase de valoración que no es competencia de los hombres ni será jamás definitivo en esta vida.

Mucho más importante que la expansión del Instituto y, por lo tanto, un mejor criterio para evaluar su trascendencia, es la fidelidad de los hermanos con respecto a esa última exhortación de San Marcelino Champagnat antes de su muerte:

Les suplico con toda mi alma que reine entre ustedes la caridad. Ámense unos a otros. Tengan un solo corazón y un mismo espíritu. Que se pueda decir de ustedes como de los primeros cristianos: “Miren cómo se aman”. Vivan siempre en la presencia de Dios. Sean sencillos. Amen y enseñen a amar a nuestra Buena Madre, María. Sean para los jóvenes, amigos y modelos de conducta. Amen su vocación y sean fieles a ella. Jesús y María les ayudarán. Ésta es mi última voluntad.

El 18 de abril de 1999, un siglo y medio después de su fallecimiento, Marcelino Champagnat fue proclamado santo por el Papa Juan Pablo II.

Francisco Castañeda Iturbide